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Ecce Homo. Las espinas de la utopía.

  • Foto del escritor: Elena Díaz G.
    Elena Díaz G.
  • 31 may 2022
  • 3 Min. de lectura


Caen las gotas, ras ras, con gracia desde los cielos a la Tierra. Hacía tiempo que no llovía de esa forma. De una forma tan violenta, con rabia. Cuarenta días y noches desde la última inundación. Aunque las aguas no iban a desbordar el río, al contrario, parecía que las gotas caían con suavidad, con cariño, mientras a sus lados el Apocalipsis de Dios se desataba. La niñita vuelve a salir de la cama. Es la séptima vez que se levanta. No consigue conciliar el sueño. Mira por la ventana y se le eriza la piel. Un escalofrío juega por su espalda hasta llegar a su cuello. Cae un rayo a lo lejos, se lleva las manos heladas al pecho y después alcanza a oír el trueno. Judit, Judit, Judit. Aléjate de la ventanita dulce niñatilla buena. Y la joven de 20 años se retira al espejo. Se había cansado de dormir esa noche por los truenos, las pesadillas y un sudor frío en la espalda. Se mira los ojos verdes, los puntos negros de su nariz respingona y las ojeras grises de su rostro. Debía haber descansado más, pero el cuerpo entero le negaba sus deseos. La niñita desliza sus manos por el blusón y lo levanta poco a poco dejando ver su piel, que abraza sus costillas, su columna y sus huesos. Pasa sus yemas por su clavícula y luego por su cuello. Siente un dolor intenso en el lado derecho, como si alguien estuviese cortando con firmeza sus carnes cual cerdo degollado. Y se dibuja, agonizantemente, un sol con una R dentro en su garganta. Retumba otro tueno, pero su rostro permanece de algún modo inquietamente sonriente. Pero era una sonrisa forzada , ahogando dentro de sí un subconsciente espeluznante que le agarraba de sus pequeños pechos como si se tratase de una presión que no le permitía respirar. Suspira, y se viste. Un vestido blanco, de pureza, dibujaba sus estrechas caderas y tapa con finura la nueva marca de su piel morena. La niñita sale de su habitación -oscurecida por aquella noche pero viva siempre- descalza, pisando el frío suelo, mientras recitaba para sí "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre;". Comienzan a salir otros niños de sus dormitorios. "venga a nosotros tu reino;" Viste todo el rebaño a imagen y semejanza, tan iguales, tan leales, tan puros y libres de todo pecado. "hagase tu voluntad en la Tierra como en el Cielo." Las tripas de la niñita se remueven del hambre feroz y las siente rugir como si quisiesen salir a ladrar a la libertad de la calle donde revientan los rayos. La manada llega al comedor, tan en calma y ella tan arrebatada. Pom, pom, pom. Los latidos de su corazón remeten contra la percusión de su oración. "Danos nuestro pan de cada día;" Y se sienta, se sienta en la soledad del rumor, en la soledad del amparo. "perdona nuestras ofensas, como nosotros también perdonamos a los que nos ofenden;" Siente como si llevase consigo una capa de invisibilidad. Se cocía algo en ese ambiente de felicidad en el que ese día parecía no estar invitada. Muchachita, no te atragantes que hay alimento de sobra para tanto hueso. Pero ahí va, Judit, la de el cuerpo por esqueleto comiendo como nunca lo había hecho. Con ansia, deseo, aflicción por terminarse un plato de cereales rancios. Sin ser mirada, solo desolada. Un plato. Dos. Tres. Cuatro. Y ya viene cantando la gula. Ya viene con sus coros color avellana, con sus rimas del augurio en el pecho y con un suave suspiro de sirena del viento. Cinco. Seis. Siete. Y ya está tan adentro. Mira, mira que se levanta corriendo-pero nadie la mira- hacia la papelera para vomitar todo lo que tiene dentro. ¡Que es maldad la tuya! Que la gula, viene y te juzga. Claro que te juzga, dulce niña. ¿Cómo no va a sentarte mal el pecado?




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